Las reglitas

Este artículo forma parte del libro Disciplina para humanos y otras ideas importantísimas.

Los problemas dividen a las personas en dos categorías: las que los solucionan y las que piensan en soluciones. A los pensadores no les suele importar mucho si en el mundo real el asunto se arregla o no. La gracia está en imaginar la mejor solución. Si pudieran obtener absolutamente toda la información concerniente al problema y tuvieran todo el tiempo del mundo para procesarla, tal vez llegarían a la respuesta perfecta. En teoría.

Los solucionadores saben que, en el mundo concreto, saberlo todo es imposible, y el tiempo es escaso. Hay que trabajar con lo que hay, e incluso aprovechar esas carencias para nuestro beneficio. Tener demasiada información dificulta saber qué es importante, y tener demasiado tiempo suele retrasar cualquier proceso. El foco, más que en encontrar la respuesta, está en solucionar el problema. Si en vez de una solución necesitás una validación, entonces lamentablemente vas a tener que investigar más.

Si de un lado la metodología es acumular vorazmente información e invertir tiempo… ¿cuáles son las armas de los que queremos pensar menos y solucionar más? No son las más seductoras, no son infalibles, no se aplican a todos los casos, no son sofisticadas, no son rigurosas. Pero son rápidas y efectivas. Se llaman estrategias heurísticas, formas de solucionar problemas que son fáciles de memorizar y fáciles de aplicar, que funcionan lo suficientemente bien como para que se mantengan vigentes después de años y años. En inglés las llaman rules of thumb, y si querés saber cuánto mide una madera, podés buscar la regla, o poner el pulgar, que si bien no mide 2,54 centímetros exactamente, definitivamente mide una pulgada.

Existen muchas estrategias heurísticas. Son tan simples que pueden parecer ingenuas. Para todo aparato eléctrico hay una reglita que todo el mundo sabe: si no anda, apagar y prender. No hace falta entender nada de electricidad, electrónica, computación ni programación, alcanza con conocer un método que abarca tanto y es tan universal, que ni siquiera sabríamos cómo empezar a investigar de dónde salió. No nos interesa, funciona, y eso es lo importante. Estas reglas no sirven para conocer la respuesta, sirven para ejecutar la solución. Y la gracia es que son siempre simples, sin importar cuán complejo sea el problema. Ya sea una computadora, un teléfono o una central nuclear, si no anda, apagá y prendé.

Los diccionarios no le hacen justicia a la palabra heurística, la meten en el cajón de los métodos no rigurosos. Me pregunto para qué me sirve ser riguroso. Gracias a la física clásica, específicamente la mecánica, mandamos un cohete a la luna. Con los principios formulados por Newton se calcularon un montón de cosas, y para eso se necesitó información y tiempo para procesarla. En ese ámbito la rigurosidad es necesaria, los satélites no son baratos y no da lanzarlos a ojímetro. Ahora, cuando me tiran una pelota y la quiero esquivar, ponerme a calcular la trayectoria es el método ideal para no hacer nada. Ni siquiera las computadoras más avanzadas pueden calcular esa trayectoria tomando en cuenta la velocidad inicial, la resistencia del aire, el viento, el hecho de que no es una esfera perfecta y miles de detalles más en los pocos segundos que dura el vuelo. Por suerte no tengo que conocer las leyes newtonianas ni recabar información. Para esquivar, fijá la mirada en el objeto, y si el ángulo de visión se mantiene igual, movete porque te va a dar en la cabeza. Esa es una heurística, una forma de solucionar un problema con un método “no riguroso”. No solemos verbalizar estas reglas de esta forma, pero algo así le dijeron a Herzog que haga para esquivar un eventual proyectil de lava en la cima de un volcán. Ni te ponés a calcular, ni salís corriendo como un pollo sin cabeza. Aplicás una reglita con la tranquilidad de que casi siempre sale bastante bien. De la misma forma los deportistas atrapan pelotas, pero mejor no les preguntemos, porque probablemente no puedan explicar exactamente cómo lo hacen.

No es raro saber más de lo que podemos explicar. No tenemos que conocer las reglas gramaticales para hablar bien, ni para saber cuándo alguien está hablando mal. La heurística, como la sabiduría popular, funciona como un atajo, y nos lleva directamente a la solución, salteando la explicación.

Una de mis estrategias heurísticas favoritas es el tanteo, que también se llama prueba y error, pero ese nombre le queda chico. Falta la mejor parte, el éxito. En las ciencias de la computación el tanteo tiene un nombre más amable, generar y testear. Muchas de las acciones perfeccionadas a través del tiempo son producto de un proceso de aprendizaje a partir de lo que no funcionó. Como vemos solo el resultado final, es fácil olvidar de dónde vino. Pocas veces es más seguro volar que después de un accidente aéreo, porque con cada falla se activan los mecanismos que aseguran que eso no vuelva a pasar.

El tanteo no garantiza encontrar todas las soluciones, ni la mejor solución; con una que funcione ya está, y en ese punto se centran casi todas sus críticas. Para difamar este método tan poco riguroso, no alcanzó con poner la palabra error en su mismísimo nombre: cuando se aplica en algunos ámbitos hasta recibe el apodo de vudú. Su pecado imperdonable es no tener la pretensión de entender las causas profundas. Programación vudú es cuando se hace un poco de todo para que el programa funcione, incluyendo prueba y error, y economía vudú fue el nombre que recibieron las políticas económicas de Reagan. Todo porque el tipo quería terminar con viejas regulaciones intervencionistas y probar algo diferente para que la cosa funcionara.

Como cuando enchufamos un cable USB: es más fácil probar los dos lados a ciegas que mirar antes de conectar. Esa es la gracia del proceso, cualquiera puede aplicarlo, no hace falta mucho conocimiento, y cuando tiene éxito es obvio. Mientras menos peligroso sea el ambiente y menos apegados estemos a la concepción de un resultado único y perfecto, más seguro será aplicar el tanteo. La cocina es el lugar perfecto. Con cada resultado, ya sea positivo o no, refinamos la siguiente prueba. Si insistimos con el método en un mismo ámbito, ya no hacemos pruebas al azar, sino que vamos recalculando de acuerdo a las experiencias pasadas. Si se usa una base de conocimiento previo, el tanteo se transforma en guesstimation, una especie de híbrido entre adivinar y calcular. ¿Calcudivinar?

Para las relaciones humanas también hay una heurística. Si querés que la gente confíe en vos, tenés que ser transparente. Si no querés recibir agresiones, no tenés que agredir. Si no querés que te mientan, no tenés que mentir. Es la regla de reciprocidad, regla de oro, regla de plata, llamala como quieras. Lo bueno de vivir bajo un código es que no tenés que andar preguntándote continuamente si funciona o no. Mientras no haga ruido, está bien. Los diez mandamientos no pretenden cubrir la totalidad de las acciones humanas, y no hace falta, con que alcancen para el noventa por ciento ya está bien. Para las excepciones, le preguntamos a alguien más experimentado. Todos los abogados saben que es imposible redactar un contrato que blinde absolutamente a todas las partes, sería una biblia. Se consideran los puntos más importantes, y lo demás termina siendo delegado a la confianza en la reciprocidad.

Estas reglas tienen sus limitaciones, que usualmente dependen del ambiente y la escala. Un agrimensor no va a medir un terreno con el pulgar. Si bien soy fanático del tanteo, hay que admitir que tiene dos cuestiones que dictan la aplicabilidad del método. La regla no es ni buena ni mala, se puede aplicar bien o se puede aplicar mal. Si querés tantear con éxito, es importantísimo que el feedback sea inmediato. El resultado del tanteo tiene que ser evidente lo más rápido posible, para poder ajustar el siguiente intento. Si las consecuencias de tus acciones solo se manifiestan de acá a cincuenta años, mejor no probar cosas muy locas. Otra limitación casi evidente es que las consecuencias de las pruebas no tienen que ser muy peligrosas. En esos casos, mejor esperar a saber un poco más.

El producto del tanteo no es simple información aislada, sino un resultado accionable. Para los pensadores, mientras más uno sabe, mejor. La aplicabilidad de esa información se ve después. Ese enfoque suele generar un problema: parálisis de análisis, que es lo que sufren los que piensan mucho y hacen nada. Descubrir todos los detalles de un problema es como abrir una lata de gusanos, te juro que no hay forma de meterlos de vuelta adentro. Esopo te lo explica de esta forma: el gato tenía una sola vía de escape, el zorro cien. ¿Adiviná a quién se comieron los perros mientras pensaba cómo huir?

En 1871 Katherine Craster lo puso en formato de poema:

Un ciempiés paseaba contento

hasta que un sapo burlón

le dijo: Cuéntame, ¿en qué orden mueves las patas?

Le llenó de dudas hasta tal punto

que cayó exhausto en el camino

sin saber cómo correr.

Gerd Gigerenzer hace exactamente eso para desconcentrar a su oponente en ping pong, tenis, golf o lo que quieras. Primero lo felicitás por su técnica, y después le preguntás qué estuvo entrenando diferente estos días. Como el ciempiés, al dejar de simplemente hacer y empezar pensar en lo que está haciendo, lo más probable es que se distraiga, se trabe y pierda.

Solvitur ambulando es la respuesta a la parálisis de análisis, literalmente significa se soluciona caminando, y figurativamente hace referencia al uso de experimentos prácticos, en oposición a ejercicios mentales. También fue la respuesta de Diógenes cuando Zenón lo quiso convencer de que el movimiento era irreal: el tipo se levantó y se fue. Para los sofistas esa respuesta no fue suficiente. Para ellos no alcanza con solucionar, solo se satisfacen si además explicás. Ambulando también solvebat Thoreau. En su ensayo Walking, decía que el movimiento de las piernas elimina dispersiones, favorece la reflexión y abre la puerta de un conocimiento vivencial. Doscientos años después, las neurociencias le están dando la razón. Sin aspiraciones literarias ni filosóficas, sino pragmáticas, en Toyota nació el Gemba walk. Básicamente, los problemas y las oportunidades de mejorar son evidentes, si los directivos levantan el trasero y dan una vuelta por la línea de producción. Gemba en japonés significa lugar, pero el lugar real, físico, concreto. Las cosas no pasan detrás del escritorio, pasan en las trincheras, en el gemba.

La información que uno puede recoger poniendo directamente las manos en la masa es accionable, se puede usar para tomar decisiones. Desde la poltrona, los datos se aíslan de su manifestación física y se pierde la noción de cuáles son los importantes. Eso no impidió que Jeremy Bentham inventara una fórmula matemática donde la información acumulada te dice si sos feliz o no. Vos ingresás los números en el hedonistic calculus, y ahí sabés si te conviene hacer algo, de acuerdo con la felicidad esperable. Hay siete variables, y tenés que cuantificar cada una, darle un número, incluyendo la certeza de la acción, si va a conducir a más acciones o no, si afecta a más gente y en qué grado, cuánto van a durar sus efectos y otros datos completamente imposibles de obtener. No alcanzan las ganas para juntar esa información, hay que ser omnisciente, algo que todavía no nos llegó a los humanos. Y sin embargo, ahí está el cálculo hedonístico, a alguien se le ocurrió.

¿Y si tuviéramos la capacidad de acumular toda esa información? El siguiente paso sería procesarla. Ya sea con el cálculo hedonístico o con cualquier otro, si nos descuidamos y los datos acumulados sobrepasan nuestra habilidad para procesarlos, lo más común es que se llegue a un punto computacionalmente intratable. Cuando los factores dependen unos de otros, la complejidad de considerarlos aumenta exponencialmente, y ahí no hay procesador que aguante. La última respuesta a estos problemas intratables es la computación cuántica, que hace en segundos cálculos que a una computadora normal le podrían llevar décadas. Arquímedes no inventó la palanca, pero sí creía que con una lo suficientemente larga podría mover el mundo. ¿Será que lo que necesitamos para hacer lo imposible es simplemente más palanca, más potencia? Me sigo quedando con las reglitas.

¿Y si tuviéramos la capacidad de acumular toda esa información y la habilidad de procesarla? ¿Y encontráramos con el cálculo hedonístico la acción que nos haría más felices? ¿Y llegáramos a la conclusión de que no tenemos ganas de hacerla? Finalmente hay algo que ni los pensadores ni los solucionadores pueden ayudarnos a tratar: las opacas motivaciones humanas. Tal vez con una palanca lo suficientemente larga podrías mover el mundo, Arquímedes, pero ¿nadie nunca te preguntó para qué lo harías?

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