El mundo no entra en una botella

Esta escultura la hice yo.

Cuando Juvenal le recomendaba a su amigo y emperador Póstumo que no se casara, sus argumentos nos muestran cómo los hombres romanos veían a las mujeres romanas hace dos mil años. No muy bien. La Historia pudo reciclar una de esas advertencias, y vale la pena refrescarla, una vez por generación. Escucho los consejos de mis amigos: ¡encerrala, atala! Estaba hablando de su esposa, para evitar que le sea infiel. Esa parte podemos olvidarla. Continúa: Pero, ¿quién vigilaría a los vigilantes? La mujer es previsora, y empieza por ellos.

Platón, pensando en cómo resolver la corrupción política, también se preguntó Quis custodiet ipsos custodes?, ¿quién custodia a los custodios?

Su respuesta no me da satisfacción, porque se basa en una mentira, una “mentira piadosa”. Decía que había que convencer a los guardianes que son mejores que las personas que tienen que proteger, e inculcar en ellos una aversión por el poder y los privilegios. La primera parte me parece fácil, alcanza con darle poder a alguien para que se sienta superior. La segunda es absurda. Inculcar viene del latín inculcare, que significa “meter algo pateándolo”, y tal vez las patadas -en la cabeza- sean la única forma de hacer que alguien tenga aversión a un privilegio. ¿Y quién controlaría que las patadas sean las justas, ni una más?

Platón respondió la cuestión de quién cuida a los cuidadores, y a pesar de que no me guste la respuesta, hay que reconocerle el mérito de haberse hecho la pregunta. Sería absurdo que un guardián necesite ser custodiado, dijo sobre el tema su hermano mayor Glaucón, ignorando por completo una de las bases de la naturaleza humana, el poder corrompe. Dato de vital importancia: los guardianes son humanos. Mil veces prefiero la solución inaplicable de Platón antes que hacer de cuenta que el problema no existe.

Cuando Glaucón dijo que sería absurdo que un guardián necesite ser custodiado, debió ser porque no leyó los resultados del experimento de la cárcel de Stanford. Seguramente porque lo hicieron 1700 años después. Es conocido, ese que agarraron a gente random y los separaron entre guardias y prisioneros en una cárcel de mentira. Al segundo día los prisioneros se amotinaron y uno tuvo un ataque de pánico, al tercer día los guardianes les prohibieron a los prisioneros usar los baños y les dieron un balde, al cuarto día un prisionero entró en huelga de hambre, al quinto se descubrió que durante la noche los guardianes abusaban de los prisioneros pensando que nadie los veía, y al sexto día el experimento fue terminado sin haber alcanzado ni la mitad del tiempo planeado. Un detalle: el psicólogo a cargo del experimento también participó como “director” de la “cárcel”, no había nadie por encima de él.

Superman es uno de los guardianes sin guardián, y el relato oficial es que se debe a que fue criado en la inocencia de la Kansas rural. ¿Qué hubiera pasado si su nave aterrizaba en la Unión Soviética? Esa es la historia del universo alternativo Superman: Red Son. En resumen, sin librar una sola guerra, el mundo se transforma en un Gran Hermano global, que impone a través de la fuerza… ¡un sistema basado en la abundancia! No existe el crimen, la pobreza, el desempleo ni la libertad. Todo el planeta es gobernado por un Superman dictador excepto Estados Unidos y Chile, y si bien nadie se queja de la abundancia, sí hay un temita con lo de la imposición. Eventualmente, Superman afloja cuando le terminan de explicar que “no puede poner el mundo en una botella”.

Uno de los antagonistas de Superman: Red Son es Batman, que en esta dimensión está más anarquista que nunca. Desde siempre y en -casi- todas las líneas temporales, el tipo tiene una regla inquebrantable: no mata. Es un guardián que se custodia a sí mismo, imponiéndose una ley por sobre sus deseos y capacidades. Sabe que si la rompe, incluso con buenas intenciones, el efecto dominó es impredecible. Corrección, sabemos cuál es el final de esa cadena que empezó con una acción “mala” pero bien intencionada: Gran Hermano.

George Orwell se imaginó un mundo con un guardián con poder absoluto, el Gran Hermano que observaba todo y juzgaba todo, de acuerdo a su código de ética. El Gran Hermano te está mirando, pero ¿quién lo mira a él? Los riesgos de los regímenes dictatoriales lo tenían un poco obse a George. Cuatro años antes había escrito Rebelión en la granja, y acá los guardianes, los humanos, son destronados por los animales, pero eso no significa que los abusos de poder terminaron. Los nuevos guardianes son los chanchos, que con cara de piedra dicen que “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

Si pensamos que los guardianes son las personas con más poder, eso no necesariamente significa que siempre aplican ese poder en forma tiránica. Y si lo hacen, eso generalmente termina en escenarios inestables, con guillotina en la plaza y esas cosas. Es un egoísmo puro, la necesidad de sobrevivir, lo que puede evitar que los guardianes se pasen de la raya. Ese argumento lo desarrolló Leonid Hurwicz en su discurso cuando recibió el Nobel de Economía en 2007. Y más o menos es como se portan las ratas. Jugando a la lucha libre con sus ratiamigos, un roedor con 10% más de masa corporal que el resto ya puede ganar siempre. Sin embargo, estadísticamente, se deja ganar 3 de cada 10 veces, porque sabe, en algún lugar de su instinto, que si aplica su poder tiránicamente, nadie va a querer volver a jugar con ella.

John Stuart Mill es archiconocido, su papá James un poco menos. En 1835 también le dio vueltas a la pregunta milenaria que se hizo Juvenal en el siglo II, “¿quién nos va a proteger de nuestros guardianes?” Su respuesta me da más satisfacción que la de Platón. “Los poderes del gobierno necesariamente se depositan en las manos de pocos, y esos sufren infinitas tentaciones, y abusan de esos poderes, sin nadie se lo impida. ¿Cómo impedírselo?”

“El pueblo debe nombrar guardiantes, pero quis custodiet ipsos custodes? ¿Quién controla a los guardianes? El mismo pueblo. No existen otros recursos, y sin esa última salvaguarda, los pocos que dominan serán por siempre el tormento de los muchos dominados”.

El ser de acero

Cuando escucho algo que no me gusta, es fácil pensar que la persona que lo dice es una imbécil. ¿Hay probabilidad de que el imbécil sea yo? 50-50. Tal vez el otro es un ignorante, un malvado, y además un idiota. Incluso si es así, ¿tengo derecho a etiquetarlo de esa forma? ¿O vale la pena escucharlo? Opino que sí, y acá te explico por qué.

Un ser de paja es lo que uno construye cuando caricaturiza el argumento del otro para hacerlo bolsa con poco esfuerzo. Es la esencia misma de no aceptar que enfrente tenés una persona con sus preocupaciones, pensamientos, sueños y anhelos individuales, que dieron producto a ideas que merecen ser escuchadas. Porque al enfrentar esas ideas con las de uno, hay terreno fértil para que aprendan todos. Armar un ser de paja es alienarse y mantenerse afuera de la discusión. Lo hace el que no quiere aprender.

Cuando alguien viene con algo que instantáneamente me suena imbécil, me divierte crear un ser de acero. Imaginate que es una idea excelente, y la tenés que defender a muerte. ¿Cuáles son sus méritos? ¿Cómo se pueden mejorar sus puntos débiles? Una vez forjado el ser de acero, recién ahí podemos empezar a confrontarlo con nuestras ideas originales, que necesariamente van a tener que estar bastante afiladas para poder hacer mella.

Como siempre, todo esto ya lo dijo alguien antes y mucho mejor. Esta vez le toca a John Stuart Mill, hace como 150 años.

“El que solo conoce su lado sobre un tema, casi no conoce el tema. Sus argumentos pueden ser buenos, y tal vez nadie los refutó. Pero si tampoco puede refutar los del lado contrario, si ni siquiera sabe cuáles son, no tiene razones para elegir una posición sobre la otra”.

¿Y la verdad? “Un proceso donde dos individuos imperfectos debaten razonamientos tendenciosos e incompletos. En el proceso, todos se vuelven más inteligentes.” Tal vez el error es pensar que tus razonamientos son imparciales y perfectos. Si sos humano, no creo que lo sean.