El mito del amor romántico

El mito del amor romántico ya no es un secreto, pero su influencia en otros aspectos de la vida sí lo es. Esta es la primera de tres partes. La próxima: la dañina romantización de la política.

Regina Navarro Lins es una psicóloga brasilera que, después de estudiar la evolución de las relaciones a través de la historia de la humanidad, llegó a una conclusión muy interesante. Resulta que la forma en que nos relacionamos responde a paradigmas que cambian en función de cada cultura y cada época. Lejos de ser patrones fijos y eternos, estas normas más o menos tácitas cada tanto son reemplazadas por reglas nuevas. Por eso la forma de relacionarse en culturas antiguas nos parece tan absurda, junto con su forma de comer, vivir, en fin, infinitos etcéteras.

Toda esta explicación viene muy al caso porque, según Regina en su libro La cama reb/velada, el siglo XXI trajo consigo una ruptura de paradigmas. La forma de relacionarnos hasta ahora está traqueteando y crujiendo, no se logra adaptar a nuestras necesidades. Están surgiendo opciones que, si bien ahora son novedosas y rupturistas, dentro de muy poco van a ser la nueva norma. ¿Cuál es ese paradigma actual de relación? El amor romántico, ese que, mientras sea “verdadero”, soluciona todo, llena el vacío de la vida y nos hace felices para siempre. No es solo una forma de relacionarnos, es la forma para manifestar nuestra identidad y realizarnos: a través de la formación de una pareja. En el año 2020 suena un poquito ridículo, pero el amor romántico sigue siendo el eje de casi todas las películas y libros. Mucho menos ridículo sonaba en 1997 cuando La cama reb/velada fue editado por primera vez, y fue recibido con tantas alabanzas como críticas. Y mucho menos ridículo todavía sonaba en el siglo XIX, cuando empezó a entrar en vigencia. Tomando en cuenta su antigüedad, no suena tan loco que ya no funcione tan bien.

¿Cómo es el amor romántico? Se desarrolla en tres etapas: primero generamos un mapa amoroso, después lo proyectamos sobre un alguna persona que pasa por ahí, enamorándonos de la imagen mental que generamos, y finalmente viene el desencanto, cuando vemos que el otro es una persona independiente cuya función en la vida no es hacernos felices.

El mapa amoroso es un concepto del sexólogo John Money, a partir de ahora, Juan Dinero, uno de los primeros en formular teorías que vinculan las influencias de la sociedad sobre la construcción del género. También es el que desterró el término perversión sexual, suplantándolo por parafilia, la excitación sexual por objetos, situaciones o personas atípicos. El tipo pensaba que, desde muy chicos, nuestras preferencias sexuales forman un mapa, un modelo detallado de aquello que nos gusta, una pareja ideal. Es una predisposición a ser atraídos por ciertas características específicas, físicas, mentales y sexuales. Me parece una herramienta útil, sobre todo si conocemos también nuestro anti mapa amoroso. Debe ser muy fácil que existan cosas que me exciten que aún no probé ni me imagino, pero aquello que me genera rechazo no creo que cambie. Tampoco para hacer una planilla de cálculos.

La antropóloga Helen Fisher tomó el concepto de mapa amoroso y lo exploró en su libro La anatomía del amor. Gran parte de este mapa viene de nuestra biología. Determinados genes, hormonas y neurotransmisores se configuran para que nos atraigan ciertas características más que otras. Sin embargo, hay características que se repiten en todos. Algo presente en la mayoría de los mapas es lo desconocido, mientras que lo familiar no excita tanto. Las barreras y los obstáculos también nos atraen, y son la base para las historias de amor desde Romeo y Julieta y más atrás también. El mapa amoroso de los hombres suele ser más visual, mientras que el de las mujeres más narrativo. Si esa declaración les parece un poco sexista para el siglo XXI, agárrensela con la evidencia: Ogi Ogas y Sai Gaddam analizaron el contenido sexual de 400 millones de búsquedas de Google y con eso escribieron el libro A Billion Wicked Thoughts. Sin ningún temor a ser tildados de asociar el género con el sexo, estos tipos demostraron que la estructura pornográfica arquetípica más buscada por mujeres es la historia de la virgen que doma al salvaje, al estilo La Bella y la Bestia o la más moderna 50 Sombras de Grey. Hay más. Solo unos ingenieros con millones de datos pueden decir esto sin que se les mueva un pelo: los arquetipos de salvaje preferidos por las mujeres son vampiros, hombre-lobo, millonarios, cirujanos y piratas. Retorcete en tu tumba Juan Dinero. La investigación no recibió subsidios de ningún gobierno ni fue sometida ante ninguna junta de evaluación ética o institucional. Para esas cosas tenés que hacer declaraciones más políticamente correctas.

No creo que esos mapas sean buenos o malos. El problema está en el mito del amor romántico, que propone realizarnos a través de formar una pareja. Esa necesidad es tan fuerte, que cuando conocemos a alguien, rápidamente proyectamos nuestro mapa amoroso sobre esa persona. Le atribuimos características que no tiene. La idealizamos, y comenzamos una relación con esa imagen mental. Eso también trae expectativas, que no se cumplen.

La cultura refleja esa importancia de estar en pareja, es lo que nos muestran las series, películas, lo que trata la música, y las novelas. Hasta hace poco, parecía ser el objetivo de la vida. Para muchos, lo sigue siendo. La soledad es demonizada. El estado de enamoramiento es un privilegio, pero también un empobrecimiento, y más: según el filósofo Denis de Rougemont, “la voluptuosa destrucción del self por el self”. Nada importa y todo sacrificio está justificado, en nombre del amor. Leyendo a Rougemont, a Money y a Regina Navarro Lins, me convenzo de que, por suerte, yo ya estoy en el siglo XXI, a pesar de que todavía no tenemos autos voladores.

Entonces encontramos a alguien que tiene una característica que nos atrae, tal vez porque su tono de voz se parece al de un pariente con el que dormíamos la siesta, o porque es una mujer lobo, lo que sea. En nuestro afán por encontrarle un sentido a esta sopa confusa de situaciones que es la vida, vemos en esa persona la solución a nuestras faltas. Rápidamente lo hacemos encajar en nuestro molde de pareja ideal. Y si le falta algo, lo inventamos, y si le sobra, lo ignoramos. Más o menos como hacía Procusto cuando te invitaba a dormir a su casa: si la cama era muy chica, te cortaba las piernas, y si era muy grande, te estiraba un poquito en el potro. El mito griego se puede interpretar como la reacción humana ante los límites del entendimiento.

Lo que no encaja en nuestros paradigmas lo deformamos hasta que entre, lo transformamos en otra cosa que no nos incomoda tanto.

Sin darnos cuenta transformamos nuestras relaciones en algo que podamos entender sin que nos duela la cabeza. ¿De qué otra forma podemos explicar la ansiedad de una persona por declararse el novio de otra? ¿Cómo podemos sobrevivir sin la aplicación de categorías reduccionistas que disipen la niebla de nuestra limitada comprensión? Tal vez el siglo XXI no venía tan avanzado como pensábamos.

Proyectamos en el otro nuestro mapa amoroso, y dejamos de relacionarnos con él, para únicamente intercambiar con esa idealización. La realidad se simplifica, y vivimos felices para siempre. ¡Ah no pará! Las películas terminan cuando se forma la pareja, pero en la vida real, ese es un momento fugaz. La gran parte del asunto viene después. La tercera y última etapa del mito del amor romántico es el desencanto, el momento en que la realidad se manifiesta como es y nos damos cuenta que el sapo nunca dejó de ser sapo. En el siglo XIX la recomendación era no tener relaciones antes del casamiento, ni siquiera hablar a solas, no vaya a ser que nos demos cuenta que enfrente tenemos a un tipo de verdad y no a la proyección de nuestra pareja perfecta. Lo que destruye a esa idealización es la intimidad y los eventuales conflictos, muchas veces acelerados por la convivencia. Es fácil estirar o acortar la realidad mientras nos mantengamos lejos de ella, de cerca, el hechizo del amor no dura mucho.

Durante el amor romántico, muchísimo esfuerzo se pone en no romper la ilusión, y si eso pasa, es un desgracia. Y la culpa la suele tener el otro. Y en ese momento es muy fácil conocer otra persona, a alguien perfecto, esta vez perfecto de verdad. Se le llama monogamia serial, la necesidad de tener un compañero pero la incapacidad de aceptarlo como es. Es muy difícil reconocer que es uno el que se equivocó, al alimentar y exigirle a una relación algo que, simplemente, no nos puede dar. ¿O acaso no es un poco injusto esperar que el hecho de estar en pareja nos dé la sensación de que la vida tiene sentido? Pobre ese otro, cuánta responsabilidad. Fernando Pessoa, el enigmático escritor portugués de los 72 pseudónimos, lo dijo así:

el mal romántico es querer la luna, como si hubiese alguna forma real de obtenerla.

En el siglo XIX era fácil mantener la ilusión antes del casamiento, y poco importaba lo que pasaba después. Una vez consumado el hecho, y sin posibilidad de divorciarse, pan y ajo. En el siglo XXI no tenemos esa traba. Y encima cambió nuestra mirada acerca de qué significa realizarse. Esta época está marcada por la búsqueda de la manifestación de nuestra invidualidad, el desarrollo de nuestro -aparentemente ilimitado- potencial. Ya no nos interesa fusionarnos con otro, queremos ser todavía más nosotros mismos. El amor no desapareció en el siglo XXI, pero sin duda se alejó del sacrificio, de la posesividad y de la dependencia.

Hoy en día son muchas las voces a favor de formas alternativas de relacionarnos, orientadas a la libertad y a la realización personal. Sin embargo, el mito del amor romántico permeó la cultura, y no se limita a lo que pasa en la intimidad. ¿Suena muy loco enamorarse de un político al punto de idealizarlo? No. ¿Suena muy loco romantizar una profesión? Para nada. ¿Cuál es el peligro de no ver los patrones del amor romántico en nuestras relaciones con actores políticos? Mentira puede ser una de las acepciones de mito… y de política también.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s