La máquina de movimiento perpetuo – Introducción

Esta es mi traducción libre de la introducción al libro Das Perpetuum mobile, de Paul Scheerbart, editado en 1910 en Leipzig, Alemania.

El anciano se subió a la mesa del laboratorio de un salto, tosió ruidosamente y dijo: “Estimados señores, voy a dar un discurso. La oratoria no es lo mío, pero espero hacerme entender. Creo que los europeos, y especialmente los alemanes, estiman mucho a científicos, ¡diría que los estiman demasiado! Cuando uno de esos científicos tira una opinión medianamente razonable y muestra un invento impresionante, rápidamente lo consideramos una ´autoridad´. Aquellos menos conocidos piensan: este tipo dijo una vez algo razonable, entonces cualquier otra cosa que diga probablemente también será razonable. Qué conveniente, ¿no es así, estimados colegas? Ahora, vayamos a lo importante. Un buen ejemplo va a mostrar lo que acabo de decir. La grandiosa ley de la conservación de la energía, como todos saben, fue formulada claramente por Robert Mayer en el año 1849. A esta ´legislación´ archimoderna agregó la aclaración de que una máquina de movimiento perpetuo no sería posible. Y durante sesenta años todos los científicos repitieron esto como loros, sin preocuparse en investigar el asunto por sí mismos.”

El anciano continuó. “No tengo deseos en poner en duda la ley de la conservación de la energía; sin embargo, niego rotundamente que, de esa ley, se deduzca que un motor impulsado por una pesa sea imposible. Es mismísimo Robert Mayer intentó durante tres largos años inventar una máquina de movimiento perpetuo, eso lo saben todos. Después de fracasar, dijo solemnemente: si yo no puedo hacerlo, entonces no puede hacerse, ya que nadie es tan inteligente como yo. De esta forma, más o menos, escribió su muy excelente libro sobre la conservación de la energía. ¿Y qué sabiduría nos dejó el gran Roberto? Solo esto: cuando una pesa baja, debe ser elevada de nuevo, y por lo tanto no puede andar perpetuamente una vez que baja. Sin embargo es posible que una pesa mueva un sistema de poleas en sin que baje hasta el piso. ¿Por qué no podría esto ser posible? Lo que aún no se descubrió hoy, puede ser descubierto mañana. Cualquier molino en un río que no se congela ni se seca es una máquina de movimiento perpetuo. En este caso, la evaporación del agua es equivalente a elevar la pesa. Pero esa elevación es provista perpetuamente por el Sol. Yo creo que los honorables físicos, sumergidos en sus contemplaciones cósmicas, no pueden imaginarse más allá de la atmósfera de la Tierra y observar, desde ese punto, el admirable trabajo perpetuo de atracción ejercido por la Tierra. Aprovechar este atractivo poder para crear un movimiento perpetuo no sería fácil, pero no deberíamos considerarlo imposible. El principio de conservación de la energía no sería violado por una transformar la fuerza de gravedad en trabajo mecánico. En cualquier caso, no existe fuerza inerte en esta Tierra. Todos los cuerpos en reposo son presionados hacia abajo, y oponen resistencia. La física puede ser un tema complicado. Eso no justifica que nadie diga o crea estupideces sobre esta espléndida ciencia. Es más, declaro que no van a encontrar nunca a un ingeniero que no haya intentado secretamente inventar una máquina de movimiento perpetuo.” El anciano bajó de la mesa y sin sentarse se tomó tres copas de cognac.

En ese momento me levanté. “Estimado Director de Laboratorio,” dije, “comparto completamente su opinión. Yo trabajé durante dos años y medio para inventar un motor transportable que opere perpetuamente por acción de una pesa. Y creo que tuve éxito. Es más, escribí un libro, titulado La máquina de movimiento perpetuo, con veintiseís ilustraciones, que fue publicado por Ernst Rowohlt en Leipzing, y que se puede conseguir en librerías a un marco y cincuenta centavos.”

“¡Espléndido!” exclamó el director. “Lo felicito.”

Con una sonrisa le contesté, “Yo también me felicito.”

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