La foto y la película

Este artículo forma parte del libro Disciplina para humanos y otras ideas importantísimas.

En septiembre de 1985, el producto bruto interno de Singapur tuvo su peor golpe desde su independencia; la aguja llegó a menos tres punto cinco por ciento. En diciembre repuntó, pero los festejos no duraron, el siguiente cuatrimestre fue todavía peor. Una leve mejoría antes de tocar fondo, en la economía, fue bautizada como el rebote del gato muerto. La teoría es así: hasta un gato muerto puede rebotar en el piso si cae desde bien arriba. Hay que tener muchas ganas para confundir ese movimiento ascendente con señales de vida.

Hablando de caídas, había una vez un fotógrafo que se colgó de la ventana buscando capturar la foto perfecta. Se resbaló y se precipitó al vacío. Durante el clavado olímpico al asfalto, cuando pasaba por el piso siete, lo saludó un vecino que estaba regando los malvones en el balcón. “¿Cómo va la vida?”, le preguntó. El fotógrafo miró alrededor, sonrió y dijo “Por ahora, todo bien”.

No es tan ilógico y pasa todo el tiempo, juzgamos el instante y nos olvidamos del proceso. Hasta del resultado nos olvidamos. Nos concentramos en el fotograma y no vemos la película. Somos la burla de todas las especies alienígenas avanzadas, los monos sin pelo que no ven en cuatro dimensiones y son ciegos a las consecuencias de sus propias acciones.

En los casos anteriores, ver solo una foto y no el desenlace nos deja en una posición más vulnerable, ingenuamente ilusionados. “¡Michifuz se movió, está vivo, yo lo vi!”. Ya aprendimos, no todos los movimientos son señales de vida. También puede que pase lo contrario, y que en un largometraje placentero, uno o dos momentos aislados no sean tan agradables. Cabe esta advertencia para los neófitos: a no aflojar que es solo un ratito. ¿Qué es un trago amargo en medio de un festín?

La ilusión es parecida a cuando confundimos la metodología con el objetivo, o las pequeñas batallas con la guerra. Al final, pareciera que lo importante es saber dónde pararse cuando uno observa. Y si uno no está en condiciones de elegir, al menos saber dónde está parado.

Juzgar una regla aislada sin considerar el contexto es lo mismo que opinar sobre la película habiendo visto apenas una imagen congelada.

Si uno tiene en cuenta el espíritu que suscitó la norma, puede aplicarla con movimiento de cintura, el famoso wiggle room. Existen diferencias entre cumplir una regla al pie de la letra y respetar susentido, pero esas sutilezas huyen de los humanos que se atan a las palabras exactas sin buscar el motivo detrás, esos que se van del cine antes de ver cómo termina la película. Cuando el Maestro apunta a las estrellas, nunca falta el discípulo que se concentra en su dedo índice. Algunos hasta hacen foco en su cutícula.

Decimos que ponemos las cosas en perspectiva cuando podemos analizar la relación entre la parte y el todo sin que la diferencia de escala genere interferencias en la interpretación. La foto desagradable se hace más bien chiquita, insignificante, cuando la ponemos dentro de un proyecto titánico. Si el plan es vivir cien años, tener un brazo enyesado un verano representa apenas un cuarto del uno por ciento de la vida. Ya pasó, geçmiş olsun, como diría el juez de Expreso de Medianoche después de contarle al pibe que iba a estar en una cárcel turca no menos de treinta años. De repente unos meses de yeso se hicieron cortitos, ¿no?

Para los más lectores que cinéfilos, la cultura popular dicta no juzgar un libro por la tapa, o sea, no juzgar una película por la primera escena, ni por el póster. En una clásica tomada de pelo, la vida también nos dice que la primera impresión es la que cuenta. ¿En qué quedamos? Tal vez la tapa es importante, pero seguramente no tanto.

A los que prefieren el teatro en vez del cine, Chéjov les dejó un mensaje que cien años después sigue siendo muy válido, tanto que se graduó de principio dramático con nombre y todo: el arma de Chéjov. En una carta a un colega, retándolo por poner elementos superfluos en una obra, decía que si en el primer acto hay un rifle colgado de la pared, antes del tercer acto tiene que haber un disparo. Si en tu historia no hay tiros, entonces descolgalo. ¿Y si en verdad es el disparo lo que buscamos? La lección funciona perfectamente a la inversa. Si en algún momento queremos fuego, hay que cargar el rifle un par de actos antes.

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