Es muy difícil, y es solo el principio

Este artículo forma parte del libro Disciplina para humanos y otras ideas importantísimas.

Celebro el hacer. De cualquier persona, en cualquier época y de cualquier manera. Obviamente hay métodos más impresionantes, y resultados más felices. Esas son cuestiones discutibles, opinables. El mismo emprendimiento puede provocar tanto pasión como apatía. No dejan de ser gustos personales, subjetivos, a veces masivos, otras no tanto. A uno le pueden gustar las lentejas, y al otro no. Pero dejando ese detalle de lado, el que se tomó el trabajo de hacer el guiso se gana mi respeto.

Deshacer, para mí, no es lo opuesto de hacer. Podría ser otra etapa, como construir y deconstruir. Incluso pienso que no hacer tampoco es el opuesto de hacer. Siempre existen fases previas, que no son necesariamente activas. Hay ideas que mejor ponderarlas un rato, dejar que maduren, antes de activarlas. Algunos conceptos tienen que ser masticados antes de ser ejecutados. Lejos de ser abstractas, algunas ideas son más bien sólidas y no pueden ser tragadas de cualquier forma. Hay que roerlas, rumiarlas, para que sean más paladeables, o al menos de más fácil digestión.

Lo opuesto de hacer es hablar sobre hacer, sin que medie acción. Lo detesto. En el peor de los casos, hablar sobre hacer puede llevar a la falsa sensación de haber hecho. Como masticar, hacer queda mejor con la boca cerrada. Es un acto triste, penoso y estéril. Y sin embargo, escribí un libro entero que habla sobre el hacer. La diferencia que me deja dormir tranquilo está entre prescribir y describir: no me interesa decirte cómo hacer, lo máximo a lo que apunto es contarte cómo alguien hizo.

¿Por qué me saco el sombrero ante el hacer? Porque habiendo hecho alguna que otra cosa, sé que no es fácil. El que hace se equivoca, se retrasa, se martilla los dedos, a veces se conforma amargamente cuando el resultado no es ideal, ¡y eso lo pone triste! Sufre, no duerme pensando en que podría haberlo hecho mejor, se despierta, o se levanta de la cama (porque no durmió) con la idea fija, invierte tiempo, dinero y energía que podría invertir en cualquier otra cosa. El que hace se expone, sabiendo que mientras más asoma la cabeza más se arriesga. Sin duda, hacer es muy difícil. Y está buenísimo.

Después de hacer, hay un nivel de dificultad más arriba, un modo hard, ¡no!, extra hard, que en los videojuegos se llama modo pesadilla, o inferno. Ese modo, en la vida real, es seguir haciendo, no parar, no dormirse en los laureles. Esta expresión no siempre tuvo una connotación negativa. En sus orígenes, era una especie de despedida de una carrera exitosa, un derecho ganado, una jubilación, un merecido descanso perfumado. A mediados del siglo XIX, se empezó a usar a la inversa: algunos no merecen dormir en los laureles luego de un éxito, todavía no. Tienen que seguir, presionados por la promesa de un potencial todavía no alcanzado. Para mí, los que hacemos ya ganamos, nos merecemos los laureles, y al mismo tiempo, eso no quita que sigamos jugando.

Hay una magia en sostener una acción en el tiempo. Una alquimia, a través de la cual lo mundano, repetido una cantidad incontable de veces, se vuelve sagrado. Alcanzado ese punto, el oro ya no puede volver a ser plomo. Casi tres años estuvo Michelangelo cincelando un bloque de mármol para transformarlo en el David. A ojímetro, unos veintiún millones de mazazos. De esa transmutación, para esa piedra, no hay vuelta atrás. Como el pez koi, que tardó cien años en subir nadando una cascada, y cuando llegó se transformó en dragón.

Sostener es más difícil que hacer porque la cuarta dimensión, el tiempo, o tal vez, el paso del tiempo, afecta a los seres vivos más que cualquier otro factor. Taleb lo llamó el “gran fragilizador”; DeRose, “el ácido más corrosivo”. Esto lo saben sobre todo los deportistas de alto rendimiento: llegar es fácil, mantener lo ganado es descomunalmente difícil. El que hace y sostiene a través del tiempo merece nuestra más profunda admiración.

Cualquiera puede trascender en el espacio. Trascender en el tiempo, que esa marca se torne indeleble, o al menos que dure un poquito, es otra cosa. Me cuesta confiar en los esfuerzos hercúleos, en los sacrificios grandiosos. Muchas veces los vi seguidos de un gran vacío, una nada, exacerbada por la exageración inmediatamente anterior, que es efímera, sin importar cuán potente. Un resonante mazazo seguido por un absoluto silencio. Cuándo una dosis es pequeña y cuándo un esfuerzo es brutal, es subjetivo. Pero la diferencia entre el hacer y la nada es indiscutible. Y un dato no es menor: fue mientras dormía que a Sansón le cortaron los pelos.

¿Quieren la fórmula de ese proceso alquímico? Es tan simple que corre el riesgo de pasar desapercibida, velada por las palabras complejas de los que no hacen, y solo hablan. Hay que dar pasos suaves, imperceptibles, golpes suficientemente fuertes para dejar mella, pero también ligeros para no fisurar el mármol frágil. Los administramos con continuidad y paciencia, para que, sin perder de vista el objetivo final, no caigamos en el desgano al convivir años con la falta aparente de resultados. ¿Modo inferno? Tampoco para tanto. ¿Vale la pena? Rousseau lo dice mejor que yo: “la paciencia es amarga, pero dulces son sus frutos”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s