El mundo no entra en una botella

Esta escultura la hice yo.

Cuando Juvenal le recomendaba a su amigo y emperador Póstumo que no se casara, sus argumentos nos muestran cómo los hombres romanos veían a las mujeres romanas hace dos mil años. No muy bien. La Historia pudo reciclar una de esas advertencias, y vale la pena refrescarla, una vez por generación. Escucho los consejos de mis amigos: ¡encerrala, atala! Estaba hablando de su esposa, para evitar que le sea infiel. Esa parte podemos olvidarla. Continúa: Pero, ¿quién vigilaría a los vigilantes? La mujer es previsora, y empieza por ellos.

Platón, pensando en cómo resolver la corrupción política, también se preguntó Quis custodiet ipsos custodes?, ¿quién custodia a los custodios?

Su respuesta no me da satisfacción, porque se basa en una mentira, una “mentira piadosa”. Decía que había que convencer a los guardianes que son mejores que las personas que tienen que proteger, e inculcar en ellos una aversión por el poder y los privilegios. La primera parte me parece fácil, alcanza con darle poder a alguien para que se sienta superior. La segunda es absurda. Inculcar viene del latín inculcare, que significa “meter algo pateándolo”, y tal vez las patadas -en la cabeza- sean la única forma de hacer que alguien tenga aversión a un privilegio. ¿Y quién controlaría que las patadas sean las justas, ni una más?

Platón respondió la cuestión de quién cuida a los cuidadores, y a pesar de que no me guste la respuesta, hay que reconocerle el mérito de haberse hecho la pregunta. Sería absurdo que un guardián necesite ser custodiado, dijo sobre el tema su hermano mayor Glaucón, ignorando por completo una de las bases de la naturaleza humana, el poder corrompe. Dato de vital importancia: los guardianes son humanos. Mil veces prefiero la solución inaplicable de Platón antes que hacer de cuenta que el problema no existe.

Cuando Glaucón dijo que sería absurdo que un guardián necesite ser custodiado, debió ser porque no leyó los resultados del experimento de la cárcel de Stanford. Seguramente porque lo hicieron 1700 años después. Es conocido, ese que agarraron a gente random y los separaron entre guardias y prisioneros en una cárcel de mentira. Al segundo día los prisioneros se amotinaron y uno tuvo un ataque de pánico, al tercer día los guardianes les prohibieron a los prisioneros usar los baños y les dieron un balde, al cuarto día un prisionero entró en huelga de hambre, al quinto se descubrió que durante la noche los guardianes abusaban de los prisioneros pensando que nadie los veía, y al sexto día el experimento fue terminado sin haber alcanzado ni la mitad del tiempo planeado. Un detalle: el psicólogo a cargo del experimento también participó como “director” de la “cárcel”, no había nadie por encima de él.

Superman es uno de los guardianes sin guardián, y el relato oficial es que se debe a que fue criado en la inocencia de la Kansas rural. ¿Qué hubiera pasado si su nave aterrizaba en la Unión Soviética? Esa es la historia del universo alternativo Superman: Red Son. En resumen, sin librar una sola guerra, el mundo se transforma en un Gran Hermano global, que impone a través de la fuerza… ¡un sistema basado en la abundancia! No existe el crimen, la pobreza, el desempleo ni la libertad. Todo el planeta es gobernado por un Superman dictador excepto Estados Unidos y Chile, y si bien nadie se queja de la abundancia, sí hay un temita con lo de la imposición. Eventualmente, Superman afloja cuando le terminan de explicar que “no puede poner el mundo en una botella”.

Uno de los antagonistas de Superman: Red Son es Batman, que en esta dimensión está más anarquista que nunca. Desde siempre y en -casi- todas las líneas temporales, el tipo tiene una regla inquebrantable: no mata. Es un guardián que se custodia a sí mismo, imponiéndose una ley por sobre sus deseos y capacidades. Sabe que si la rompe, incluso con buenas intenciones, el efecto dominó es impredecible. Corrección, sabemos cuál es el final de esa cadena que empezó con una acción “mala” pero bien intencionada: Gran Hermano.

George Orwell se imaginó un mundo con un guardián con poder absoluto, el Gran Hermano que observaba todo y juzgaba todo, de acuerdo a su código de ética. El Gran Hermano te está mirando, pero ¿quién lo mira a él? Los riesgos de los regímenes dictatoriales lo tenían un poco obse a George. Cuatro años antes había escrito Rebelión en la granja, y acá los guardianes, los humanos, son destronados por los animales, pero eso no significa que los abusos de poder terminaron. Los nuevos guardianes son los chanchos, que con cara de piedra dicen que “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

Si pensamos que los guardianes son las personas con más poder, eso no necesariamente significa que siempre aplican ese poder en forma tiránica. Y si lo hacen, eso generalmente termina en escenarios inestables, con guillotina en la plaza y esas cosas. Es un egoísmo puro, la necesidad de sobrevivir, lo que puede evitar que los guardianes se pasen de la raya. Ese argumento lo desarrolló Leonid Hurwicz en su discurso cuando recibió el Nobel de Economía en 2007. Y más o menos es como se portan las ratas. Jugando a la lucha libre con sus ratiamigos, un roedor con 10% más de masa corporal que el resto ya puede ganar siempre. Sin embargo, estadísticamente, se deja ganar 3 de cada 10 veces, porque sabe, en algún lugar de su instinto, que si aplica su poder tiránicamente, nadie va a querer volver a jugar con ella.

John Stuart Mill es archiconocido, su papá James un poco menos. En 1835 también le dio vueltas a la pregunta milenaria que se hizo Juvenal en el siglo II, “¿quién nos va a proteger de nuestros guardianes?” Su respuesta me da más satisfacción que la de Platón. “Los poderes del gobierno necesariamente se depositan en las manos de pocos, y esos sufren infinitas tentaciones, y abusan de esos poderes, sin nadie se lo impida. ¿Cómo impedírselo?”

“El pueblo debe nombrar guardiantes, pero quis custodiet ipsos custodes? ¿Quién controla a los guardianes? El mismo pueblo. No existen otros recursos, y sin esa última salvaguarda, los pocos que dominan serán por siempre el tormento de los muchos dominados”.

El ser de acero

Cuando escucho algo que no me gusta, es fácil pensar que la persona que lo dice es una imbécil. ¿Hay probabilidad de que el imbécil sea yo? 50-50. Tal vez el otro es un ignorante, un malvado, y además un idiota. Incluso si es así, ¿tengo derecho a etiquetarlo de esa forma? ¿O vale la pena escucharlo? Opino que sí, y acá te explico por qué.

Un ser de paja es lo que uno construye cuando caricaturiza el argumento del otro para hacerlo bolsa con poco esfuerzo. Es la esencia misma de no aceptar que enfrente tenés una persona con sus preocupaciones, pensamientos, sueños y anhelos individuales, que dieron producto a ideas que merecen ser escuchadas. Porque al enfrentar esas ideas con las de uno, hay terreno fértil para que aprendan todos. Armar un ser de paja es alienarse y mantenerse afuera de la discusión. Lo hace el que no quiere aprender.

Cuando alguien viene con algo que instantáneamente me suena imbécil, me divierte crear un ser de acero. Imaginate que es una idea excelente, y la tenés que defender a muerte. ¿Cuáles son sus méritos? ¿Cómo se pueden mejorar sus puntos débiles? Una vez forjado el ser de acero, recién ahí podemos empezar a confrontarlo con nuestras ideas originales, que necesariamente van a tener que estar bastante afiladas para poder hacer mella.

Como siempre, todo esto ya lo dijo alguien antes y mucho mejor. Esta vez le toca a John Stuart Mill, hace como 150 años.

“El que solo conoce su lado sobre un tema, casi no conoce el tema. Sus argumentos pueden ser buenos, y tal vez nadie los refutó. Pero si tampoco puede refutar los del lado contrario, si ni siquiera sabe cuáles son, no tiene razones para elegir una posición sobre la otra”.

¿Y la verdad? “Un proceso donde dos individuos imperfectos debaten razonamientos tendenciosos e incompletos. En el proceso, todos se vuelven más inteligentes.” Tal vez el error es pensar que tus razonamientos son imparciales y perfectos. Si sos humano, no creo que lo sean.

Sentados sobre un barril de uranio

Ese domingo era el día libre de Stanislav Petrov. Como uno de sus colegas de la Fuerza de Defensa Aeroespacial estaba enfermo, tuvo que ir a reemplazarlo, tal vez a regañadientes, o tal vez con una lealtad rusa que no admitía cuestionamientos. Volvió a su casa prácticamente al otro día, y pasaron diez años hasta que su mujer se enterara que esa noche, Stanislav salvó al mundo. “¿Qué hiciste?”, le preguntó cuando se enteró. “Nada.”

Serpukhov-15 es el nombre de una base militar desde donde se controlan los satélites OKO, literalmente, ojo. Su función es detectar el lanzamiento de misiles balísticos lo antes posible, lo suficientemente antes como para poder disparar los misiles rusos en respuesta. El programa empezó en 1982, y en 1983 detectó el lanzamiento de un misil nuclear norteamericano, que en veinte minutos llegaría a Rusia con la potencia de 250 Hiroshimas. 

Como para poder imaginarnos el nivel de paranoia que dominaba el ambiente, tres semanas antes un avión de línea surcoreano atravesó el espacio aéreo ruso por error, y lo bajaron a tiros matando a todos los pasajeros. Todos tenían la bomba, nadie quería ser el primero en tirarla, pero ser el último era un premio consuelo tentador.

Stanislav Petrov no tenía acceso al botón rojo, su función no era devolver el ataque, pero sí avisar a los altos mandos de la situación. Pero no lo hizo. OKO detectó otros cuatro misiles. Stanislav tampoco dio aviso.

“Nadie empieza una guerra con cinco misiles”.

La teoría era que, de lanzar un ataque, serían miles. ¿Lanzar solo cinco podría ser entonces una estratagema para confundir y evitar un contraataque a tiempo?

Hace cuarenta años el mundo casi se prende fuego. La decisión de una persona lo evitó. Stanislav Petrov no necesitaba saber que el equinoccio de otoño provocó una conjunción astronómica rarísima que confundió a los satélites. Le alcanzó con el deseo de que la vida en el planeta no terminara con una tercera guerra mundial que mataría a millones en la primera hora.

Esta misma historia se repitió más veces de lo que nos vamos a enterar. Y acá estamos. No importa lo que pase, pareciera que el mundo no se va a terminar. Me gusta pensar que lo que nos une siempre va a ser más grande de lo que eventualmente nos pueda separar.

Al final todo va a estar bien, y si no está bien, entonces no es el final. 

El mito del amor romántico

El mito del amor romántico ya no es un secreto, pero su influencia en otros aspectos de la vida sí lo es. Esta es la primera de tres partes. La próxima: la dañina romantización de la política.

Regina Navarro Lins es una psicóloga brasilera que, después de estudiar la evolución de las relaciones a través de la historia de la humanidad, llegó a una conclusión muy interesante. Resulta que la forma en que nos relacionamos responde a paradigmas que cambian en función de cada cultura y cada época. Lejos de ser patrones fijos y eternos, estas normas más o menos tácitas cada tanto son reemplazadas por reglas nuevas. Por eso la forma de relacionarse en culturas antiguas nos parece tan absurda, junto con su forma de comer, vivir, en fin, infinitos etcéteras.

Toda esta explicación viene muy al caso porque, según Regina en su libro La cama reb/velada, el siglo XXI trajo consigo una ruptura de paradigmas. La forma de relacionarnos hasta ahora está traqueteando y crujiendo, no se logra adaptar a nuestras necesidades. Están surgiendo opciones que, si bien ahora son novedosas y rupturistas, dentro de muy poco van a ser la nueva norma. ¿Cuál es ese paradigma actual de relación? El amor romántico, ese que, mientras sea “verdadero”, soluciona todo, llena el vacío de la vida y nos hace felices para siempre. No es solo una forma de relacionarnos, es la forma para manifestar nuestra identidad y realizarnos: a través de la formación de una pareja. En el año 2020 suena un poquito ridículo, pero el amor romántico sigue siendo el eje de casi todas las películas y libros. Mucho menos ridículo sonaba en 1997 cuando La cama reb/velada fue editado por primera vez, y fue recibido con tantas alabanzas como críticas. Y mucho menos ridículo todavía sonaba en el siglo XIX, cuando empezó a entrar en vigencia. Tomando en cuenta su antigüedad, no suena tan loco que ya no funcione tan bien.

¿Cómo es el amor romántico? Se desarrolla en tres etapas: primero generamos un mapa amoroso, después lo proyectamos sobre un alguna persona que pasa por ahí, enamorándonos de la imagen mental que generamos, y finalmente viene el desencanto, cuando vemos que el otro es una persona independiente cuya función en la vida no es hacernos felices.

El mapa amoroso es un concepto del sexólogo John Money, a partir de ahora, Juan Dinero, uno de los primeros en formular teorías que vinculan las influencias de la sociedad sobre la construcción del género. También es el que desterró el término perversión sexual, suplantándolo por parafilia, la excitación sexual por objetos, situaciones o personas atípicos. El tipo pensaba que, desde muy chicos, nuestras preferencias sexuales forman un mapa, un modelo detallado de aquello que nos gusta, una pareja ideal. Es una predisposición a ser atraídos por ciertas características específicas, físicas, mentales y sexuales. Me parece una herramienta útil, sobre todo si conocemos también nuestro anti mapa amoroso. Debe ser muy fácil que existan cosas que me exciten que aún no probé ni me imagino, pero aquello que me genera rechazo no creo que cambie. Tampoco para hacer una planilla de cálculos.

La antropóloga Helen Fisher tomó el concepto de mapa amoroso y lo exploró en su libro La anatomía del amor. Gran parte de este mapa viene de nuestra biología. Determinados genes, hormonas y neurotransmisores se configuran para que nos atraigan ciertas características más que otras. Sin embargo, hay características que se repiten en todos. Algo presente en la mayoría de los mapas es lo desconocido, mientras que lo familiar no excita tanto. Las barreras y los obstáculos también nos atraen, y son la base para las historias de amor desde Romeo y Julieta y más atrás también. El mapa amoroso de los hombres suele ser más visual, mientras que el de las mujeres más narrativo. Si esa declaración les parece un poco sexista para el siglo XXI, agárrensela con la evidencia: Ogi Ogas y Sai Gaddam analizaron el contenido sexual de 400 millones de búsquedas de Google y con eso escribieron el libro A Billion Wicked Thoughts. Sin ningún temor a ser tildados de asociar el género con el sexo, estos tipos demostraron que la estructura pornográfica arquetípica más buscada por mujeres es la historia de la virgen que doma al salvaje, al estilo La Bella y la Bestia o la más moderna 50 Sombras de Grey. Hay más. Solo unos ingenieros con millones de datos pueden decir esto sin que se les mueva un pelo: los arquetipos de salvaje preferidos por las mujeres son vampiros, hombre-lobo, millonarios, cirujanos y piratas. Retorcete en tu tumba Juan Dinero. La investigación no recibió subsidios de ningún gobierno ni fue sometida ante ninguna junta de evaluación ética o institucional. Para esas cosas tenés que hacer declaraciones más políticamente correctas.

No creo que esos mapas sean buenos o malos. El problema está en el mito del amor romántico, que propone realizarnos a través de formar una pareja. Esa necesidad es tan fuerte, que cuando conocemos a alguien, rápidamente proyectamos nuestro mapa amoroso sobre esa persona. Le atribuimos características que no tiene. La idealizamos, y comenzamos una relación con esa imagen mental. Eso también trae expectativas, que no se cumplen.

La cultura refleja esa importancia de estar en pareja, es lo que nos muestran las series, películas, lo que trata la música, y las novelas. Hasta hace poco, parecía ser el objetivo de la vida. Para muchos, lo sigue siendo. La soledad es demonizada. El estado de enamoramiento es un privilegio, pero también un empobrecimiento, y más: según el filósofo Denis de Rougemont, “la voluptuosa destrucción del self por el self”. Nada importa y todo sacrificio está justificado, en nombre del amor. Leyendo a Rougemont, a Money y a Regina Navarro Lins, me convenzo de que, por suerte, yo ya estoy en el siglo XXI, a pesar de que todavía no tenemos autos voladores.

Entonces encontramos a alguien que tiene una característica que nos atrae, tal vez porque su tono de voz se parece al de un pariente con el que dormíamos la siesta, o porque es una mujer lobo, lo que sea. En nuestro afán por encontrarle un sentido a esta sopa confusa de situaciones que es la vida, vemos en esa persona la solución a nuestras faltas. Rápidamente lo hacemos encajar en nuestro molde de pareja ideal. Y si le falta algo, lo inventamos, y si le sobra, lo ignoramos. Más o menos como hacía Procusto cuando te invitaba a dormir a su casa: si la cama era muy chica, te cortaba las piernas, y si era muy grande, te estiraba un poquito en el potro. El mito griego se puede interpretar como la reacción humana ante los límites del entendimiento.

Lo que no encaja en nuestros paradigmas lo deformamos hasta que entre, lo transformamos en otra cosa que no nos incomoda tanto.

Sin darnos cuenta transformamos nuestras relaciones en algo que podamos entender sin que nos duela la cabeza. ¿De qué otra forma podemos explicar la ansiedad de una persona por declararse el novio de otra? ¿Cómo podemos sobrevivir sin la aplicación de categorías reduccionistas que disipen la niebla de nuestra limitada comprensión? Tal vez el siglo XXI no venía tan avanzado como pensábamos.

Proyectamos en el otro nuestro mapa amoroso, y dejamos de relacionarnos con él, para únicamente intercambiar con esa idealización. La realidad se simplifica, y vivimos felices para siempre. ¡Ah no pará! Las películas terminan cuando se forma la pareja, pero en la vida real, ese es un momento fugaz. La gran parte del asunto viene después. La tercera y última etapa del mito del amor romántico es el desencanto, el momento en que la realidad se manifiesta como es y nos damos cuenta que el sapo nunca dejó de ser sapo. En el siglo XIX la recomendación era no tener relaciones antes del casamiento, ni siquiera hablar a solas, no vaya a ser que nos demos cuenta que enfrente tenemos a un tipo de verdad y no a la proyección de nuestra pareja perfecta. Lo que destruye a esa idealización es la intimidad y los eventuales conflictos, muchas veces acelerados por la convivencia. Es fácil estirar o acortar la realidad mientras nos mantengamos lejos de ella, de cerca, el hechizo del amor no dura mucho.

Durante el amor romántico, muchísimo esfuerzo se pone en no romper la ilusión, y si eso pasa, es un desgracia. Y la culpa la suele tener el otro. Y en ese momento es muy fácil conocer otra persona, a alguien perfecto, esta vez perfecto de verdad. Se le llama monogamia serial, la necesidad de tener un compañero pero la incapacidad de aceptarlo como es. Es muy difícil reconocer que es uno el que se equivocó, al alimentar y exigirle a una relación algo que, simplemente, no nos puede dar. ¿O acaso no es un poco injusto esperar que el hecho de estar en pareja nos dé la sensación de que la vida tiene sentido? Pobre ese otro, cuánta responsabilidad. Fernando Pessoa, el enigmático escritor portugués de los 72 pseudónimos, lo dijo así:

el mal romántico es querer la luna, como si hubiese alguna forma real de obtenerla.

En el siglo XIX era fácil mantener la ilusión antes del casamiento, y poco importaba lo que pasaba después. Una vez consumado el hecho, y sin posibilidad de divorciarse, pan y ajo. En el siglo XXI no tenemos esa traba. Y encima cambió nuestra mirada acerca de qué significa realizarse. Esta época está marcada por la búsqueda de la manifestación de nuestra invidualidad, el desarrollo de nuestro -aparentemente ilimitado- potencial. Ya no nos interesa fusionarnos con otro, queremos ser todavía más nosotros mismos. El amor no desapareció en el siglo XXI, pero sin duda se alejó del sacrificio, de la posesividad y de la dependencia.

Hoy en día son muchas las voces a favor de formas alternativas de relacionarnos, orientadas a la libertad y a la realización personal. Sin embargo, el mito del amor romántico permeó la cultura, y no se limita a lo que pasa en la intimidad. ¿Suena muy loco enamorarse de un político al punto de idealizarlo? No. ¿Suena muy loco romantizar una profesión? Para nada. ¿Cuál es el peligro de no ver los patrones del amor romántico en nuestras relaciones con actores políticos? Mentira puede ser una de las acepciones de mito… y de política también.

La máquina de movimiento perpetuo – Introducción

Esta es mi traducción libre de la introducción al libro Das Perpetuum mobile, de Paul Scheerbart, editado en 1910 en Leipzig, Alemania.

El anciano se subió a la mesa del laboratorio de un salto, tosió ruidosamente y dijo: “Estimados señores, voy a dar un discurso. La oratoria no es lo mío, pero espero hacerme entender. Creo que los europeos, y especialmente los alemanes, estiman mucho a científicos, ¡diría que los estiman demasiado! Cuando uno de esos científicos tira una opinión medianamente razonable y muestra un invento impresionante, rápidamente lo consideramos una ´autoridad´. Aquellos menos conocidos piensan: este tipo dijo una vez algo razonable, entonces cualquier otra cosa que diga probablemente también será razonable. Qué conveniente, ¿no es así, estimados colegas? Ahora, vayamos a lo importante. Un buen ejemplo va a mostrar lo que acabo de decir. La grandiosa ley de la conservación de la energía, como todos saben, fue formulada claramente por Robert Mayer en el año 1849. A esta ´legislación´ archimoderna agregó la aclaración de que una máquina de movimiento perpetuo no sería posible. Y durante sesenta años todos los científicos repitieron esto como loros, sin preocuparse en investigar el asunto por sí mismos.”

El anciano continuó. “No tengo deseos en poner en duda la ley de la conservación de la energía; sin embargo, niego rotundamente que, de esa ley, se deduzca que un motor impulsado por una pesa sea imposible. Es mismísimo Robert Mayer intentó durante tres largos años inventar una máquina de movimiento perpetuo, eso lo saben todos. Después de fracasar, dijo solemnemente: si yo no puedo hacerlo, entonces no puede hacerse, ya que nadie es tan inteligente como yo. De esta forma, más o menos, escribió su muy excelente libro sobre la conservación de la energía. ¿Y qué sabiduría nos dejó el gran Roberto? Solo esto: cuando una pesa baja, debe ser elevada de nuevo, y por lo tanto no puede andar perpetuamente una vez que baja. Sin embargo es posible que una pesa mueva un sistema de poleas en sin que baje hasta el piso. ¿Por qué no podría esto ser posible? Lo que aún no se descubrió hoy, puede ser descubierto mañana. Cualquier molino en un río que no se congela ni se seca es una máquina de movimiento perpetuo. En este caso, la evaporación del agua es equivalente a elevar la pesa. Pero esa elevación es provista perpetuamente por el Sol. Yo creo que los honorables físicos, sumergidos en sus contemplaciones cósmicas, no pueden imaginarse más allá de la atmósfera de la Tierra y observar, desde ese punto, el admirable trabajo perpetuo de atracción ejercido por la Tierra. Aprovechar este atractivo poder para crear un movimiento perpetuo no sería fácil, pero no deberíamos considerarlo imposible. El principio de conservación de la energía no sería violado por una transformar la fuerza de gravedad en trabajo mecánico. En cualquier caso, no existe fuerza inerte en esta Tierra. Todos los cuerpos en reposo son presionados hacia abajo, y oponen resistencia. La física puede ser un tema complicado. Eso no justifica que nadie diga o crea estupideces sobre esta espléndida ciencia. Es más, declaro que no van a encontrar nunca a un ingeniero que no haya intentado secretamente inventar una máquina de movimiento perpetuo.” El anciano bajó de la mesa y sin sentarse se tomó tres copas de cognac.

En ese momento me levanté. “Estimado Director de Laboratorio,” dije, “comparto completamente su opinión. Yo trabajé durante dos años y medio para inventar un motor transportable que opere perpetuamente por acción de una pesa. Y creo que tuve éxito. Es más, escribí un libro, titulado La máquina de movimiento perpetuo, con veintiseís ilustraciones, que fue publicado por Ernst Rowohlt en Leipzing, y que se puede conseguir en librerías a un marco y cincuenta centavos.”

“¡Espléndido!” exclamó el director. “Lo felicito.”

Con una sonrisa le contesté, “Yo también me felicito.”

Buenos muchachos

Este artículo es la introducción de mi próximo libro, Buenos muchachos, algunos pensadores griegos que me caen bien.

La idea de este libro salió de una relectura de El Cisne Negro, una obra excelente. Uno de sus grandes temas son los extremos, y cómo no los entendemos. Otro de sus grandes temas es el azar, y cómo lo entendemos todavía menos que los extremos. Resulta que el mundo es mucho más aleatorio de lo que creemos, y junto con él, nuestras nociones, interpretaciones e incluso opiniones. Y encima tienden a acumularse de forma bastante despareja.

Además de azaroso, el mundo también es injusto. Los bienes, el conocimiento, la riqueza y todo lo demás se distribuye en forma despareja. No me tenés que creer, agarrátelas directamente con todas las especulaciones que lo describen. La de Pareto es la más conocida, el 20% de la población tiene el 80% de la riqueza. ¿No te gusta? El Efecto Mattew explica cómo el que más tiene, más va a tener a futuro, nada de repartir. Pasa lo mismo con las palabras: prácticamente todas las lenguas respetan la ley de Zipf, que dice que usamos mucho un conjunto de muy pocas palabras. Las demás… ¿quién las necesita? La ley de Price es brutal: la raíz cuadrada de la cantidad de bandas en Spotify es escuchada por la mitad del total de usuarios, y la mitad de esos sólo escuchan la raíz cuadrada del total de canciones de esa banda.

Los grandes se hacen cada vez más grandes, y los pequeños… bueno, nos quedamos pequeños. 

Más o menos eso le pasó a la autora de Harry Potter. Antes de que nadie la conociera, le rechazaron el manuscrito sin asco, recomendándole hacer un cursito de escritura. Si mañana saca un libro sobre cómo los magos van a baño, no me sorprendería en absoluto que sea un bestseller. A Stephen King le rechazaron su primera novela varias veces, igual que a James Joyce, Proust, Nabokov, García Márquez, Tolkien y andá a saber quién más.

El mundo es injusto, no hay garantía de igualdad de resultados. Pero sí hay mecanismos para emparejar las cosas. Alguien desconocido puede pegarla o permanecer desconocido toda su vida, pero alguien que la pegó, muy probablemente, tarde o temprano, la pierda. El azar funciona así. Si los grandes fueran infalibles, el Imperio Acadio sería hoy el Imperio Galáctico. Pero se fundieron hace milenios. Los gigantes están destinados a caer. ¿Existen hoy en día corporaciones gigantes que pueden poner en riesgo nuestros derechos? Sí. ¿Sobreviven en promedio más de veinte años antes de fundir? Definitivamente no. El  argumento tradicional de este reciclaje de empresas es que el sistema capitalista fomenta la competencia y favorece el surgimiento de jugadores nuevos. La verdad es que el azar también tiene bastante que ver. 

Con las artes pasa lo mismo. Hay muchos completamente desconocidos, y unos pocos muy famosos, con alta probabilidad de desaparecer. ¿O alguien me puede decir alguna banda clásica de los ochentas con excepción de las ocho que conocen todos, y que en veinte años nadie más los va a recordar? El podio es cruel. La inmensa cantidad de artistas anónimos forman la “cola larga”, los poquitos famosos la “cola corta”. 

Es fácil percibir la injusticia, pero no tanto ese mecanismo natural de corrección. Con el miedo de que los grandes sean grandes para siempre, son muchas las acciones humanas que buscan bajarlos. Los impuestos progresivos son el mejor ejemplo, sacarle más a los que más tienen. O, por el miedo de que lo “importante” desaparezca, se busca sostenerlo artificialmente, con subsidios o bailouts. Esas son soluciones económicas, relativamente fáciles de ver. Más complejo es el campo artístico o intelectual. ¿Existen filósofos además de los clásicos que escuchamos nombrar siempre, o de los que están de moda en este momento? Sí claro, pero la cultura funciona como una caja de resonancia que se repite a sí misma. Y hay muchos más afuera que adentro.

Toda esto fue una preparación para esta idea, agarrate porque resume toda la introducción.

Vamos a hacer un bailout de los filósofos que no conoce nadie. Las reglas son solo dos: tienen que tener más de mil años de antigüedad, y me tienen que caer bien. Las ideas, los valores y las creencias forman el mundo, impactan sobre cómo actuamos, influencuan hasta las reglas con las que nos ponemos de acuerdo. Y los filósofos que me caen bien promovieron, por sobre todo, la libertad. Son buena gente, seguro te caen bien a vos también.

La foto y la película

Este artículo forma parte del libro Disciplina para humanos y otras ideas importantísimas.

En septiembre de 1985, el producto bruto interno de Singapur tuvo su peor golpe desde su independencia; la aguja llegó a menos tres punto cinco por ciento. En diciembre repuntó, pero los festejos no duraron, el siguiente cuatrimestre fue todavía peor. Una leve mejoría antes de tocar fondo, en la economía, fue bautizada como el rebote del gato muerto. La teoría es así: hasta un gato muerto puede rebotar en el piso si cae desde bien arriba. Hay que tener muchas ganas para confundir ese movimiento ascendente con señales de vida.

Hablando de caídas, había una vez un fotógrafo que se colgó de la ventana buscando capturar la foto perfecta. Se resbaló y se precipitó al vacío. Durante el clavado olímpico al asfalto, cuando pasaba por el piso siete, lo saludó un vecino que estaba regando los malvones en el balcón. “¿Cómo va la vida?”, le preguntó. El fotógrafo miró alrededor, sonrió y dijo “Por ahora, todo bien”.

No es tan ilógico y pasa todo el tiempo, juzgamos el instante y nos olvidamos del proceso. Hasta del resultado nos olvidamos. Nos concentramos en el fotograma y no vemos la película. Somos la burla de todas las especies alienígenas avanzadas, los monos sin pelo que no ven en cuatro dimensiones y son ciegos a las consecuencias de sus propias acciones.

En los casos anteriores, ver solo una foto y no el desenlace nos deja en una posición más vulnerable, ingenuamente ilusionados. “¡Michifuz se movió, está vivo, yo lo vi!”. Ya aprendimos, no todos los movimientos son señales de vida. También puede que pase lo contrario, y que en un largometraje placentero, uno o dos momentos aislados no sean tan agradables. Cabe esta advertencia para los neófitos: a no aflojar que es solo un ratito. ¿Qué es un trago amargo en medio de un festín?

La ilusión es parecida a cuando confundimos la metodología con el objetivo, o las pequeñas batallas con la guerra. Al final, pareciera que lo importante es saber dónde pararse cuando uno observa. Y si uno no está en condiciones de elegir, al menos saber dónde está parado.

Juzgar una regla aislada sin considerar el contexto es lo mismo que opinar sobre la película habiendo visto apenas una imagen congelada.

Si uno tiene en cuenta el espíritu que suscitó la norma, puede aplicarla con movimiento de cintura, el famoso wiggle room. Existen diferencias entre cumplir una regla al pie de la letra y respetar susentido, pero esas sutilezas huyen de los humanos que se atan a las palabras exactas sin buscar el motivo detrás, esos que se van del cine antes de ver cómo termina la película. Cuando el Maestro apunta a las estrellas, nunca falta el discípulo que se concentra en su dedo índice. Algunos hasta hacen foco en su cutícula.

Decimos que ponemos las cosas en perspectiva cuando podemos analizar la relación entre la parte y el todo sin que la diferencia de escala genere interferencias en la interpretación. La foto desagradable se hace más bien chiquita, insignificante, cuando la ponemos dentro de un proyecto titánico. Si el plan es vivir cien años, tener un brazo enyesado un verano representa apenas un cuarto del uno por ciento de la vida. Ya pasó, geçmiş olsun, como diría el juez de Expreso de Medianoche después de contarle al pibe que iba a estar en una cárcel turca no menos de treinta años. De repente unos meses de yeso se hicieron cortitos, ¿no?

Para los más lectores que cinéfilos, la cultura popular dicta no juzgar un libro por la tapa, o sea, no juzgar una película por la primera escena, ni por el póster. En una clásica tomada de pelo, la vida también nos dice que la primera impresión es la que cuenta. ¿En qué quedamos? Tal vez la tapa es importante, pero seguramente no tanto.

A los que prefieren el teatro en vez del cine, Chéjov les dejó un mensaje que cien años después sigue siendo muy válido, tanto que se graduó de principio dramático con nombre y todo: el arma de Chéjov. En una carta a un colega, retándolo por poner elementos superfluos en una obra, decía que si en el primer acto hay un rifle colgado de la pared, antes del tercer acto tiene que haber un disparo. Si en tu historia no hay tiros, entonces descolgalo. ¿Y si en verdad es el disparo lo que buscamos? La lección funciona perfectamente a la inversa. Si en algún momento queremos fuego, hay que cargar el rifle un par de actos antes.

Peor y mejor

Este artículo forma parte del libro Disciplina para humanos y otras ideas importantísimas.

“El nacimiento de peor es mejor” es un ensayo que escribió el programador Richard Gabriel en los noventa. El tipo es además poeta e historiador de software, y evaluando qué programas sobreviven más, llegó a una conclusión de esas con patas de payaso mal escondidas. Los programas que sobreviven en el tiempo, más que ser completos, son consistentes. ¿Qué me importa que pueda hacer un montón de cosas, si cada una de esas aplicaciones se encara de una forma tan dispar que pareciera que estoy usando programas diferentes? Un programa consistente es mejor que uno completo, pero más importante todavía es que ande correctamente, que funcione.

Hasta acá podríamos estar todos de acuerdo. Nunca falta el que abarca mucho y aprieta poco, o el que nunca termina un trabajo porque siempre le está agregando algo más. Eso le puede pasar a cualquiera, pero son trampas conocidas. Ahora saquemos al payaso: históricamente, los programas más usados, que más tiempo sobrevivieron, no fueron los más completos, ni los más consistentes ni los más correctos. Fueron los más simples, los más primitivos, los que se permitieron tener errores, siempre y cuando la cosa funcionara. Programas perfectos debe haber muchísimos, encerrados en la imaginación de muchísimos programadores. Mientras tanto, en el mundo real, los peores son mejores. ¿La cosa más o menos funciona? Entonces vendámosla antes de que aparezca la competencia, y después vemos cómo la patcheamos. Windows, te estoy mirando a vos.

El concepto tuvo sus detractores en el mundo de la programación y durante años hubo idas y vueltas de artículos atacando o defendiendo el peor es mejor. Muchas veces era el mismo Gabriel que escribía bajo diferentes seudónimos. Se ve que su idea le gustaba, pero no era un fanático.

“No es bueno buscar la perfección primero, mejor disponibilizar algo más o menos bien, para que se propague como un virus,” decía Gabriel. “Cuando la gente esté enganchada, ahí te tomás el tiempo de mejorarlo”. ¿Pero quién va a aceptar algo imperfecto, incompleto? Apple pensaba que todo el mundo, cuando casi veinte años después, en 2008, sacó a la venta la segunda generación del Ipod Touch. La internet lo compró y lo desguazó, y descubrió que adentro venía con un chip bluetooth, a pesar de que el aparato no tenía esa funcionalidad. Apple no confirmó ni negó nada, pero un año después sacó una actualización del sistema operativo, que habilitaba el chip que siempre estuvo ahí. Peor es mejor de manual.

El tema es tan omnipresente que hasta existe “el culto de lo imperfecto”, algo que no inventó ningún chanta, sino Sir Robert Watson-Watt, un físico escocés que salvó a Londres de los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. En parte me molesta un poco tener que chapear nombres, títulos e historias para no sonar como un improvisado, ¿no es evidente que el payaso está ahí atrás, con las patotas asomando por abajo?

Robert Watson-Watts lo tuvo que explicar así: “Siempre esforzate por dar la tercera mejor opción. La segunda mejor va a llegar tarde, y la mejor de todas no va a llegar nunca.” Con esa filosofía nació la Chain Home, una red de radares no muy precisos, pero sí de muy largo alcance, que rodearon la costa británica. El tipo pudo levantar diecinueve antenas antes de que la guerra empezara, porque apenas lograron que el aparato funcionara, el foco se puso en la implementación y no en el perfeccionamiento. Además de salvar a Londres de los bombardeos alemanes, la Chain Home fue fundamental para ganar la guerra. No por nada lo nombraron a Watson-Watts caballero y lo metieron en el Scottish Engineering Hall of Fame.

Mikhail Kalashnikov hizo algo parecido cuando inventó el AK-47, un rifle que es una porquería, pero tan barato de hacer, tan simple de usar, y tan difícil de romper, que setenta años después sigue siendo el arma más usada, más copiada y más vendida en el mundo. Un detalle interesante es que un radar trae más satisfacciones que un rifle. Son varias las ocasiones que Mikhail aprovechó para decir que hubiera preferido haber diseñado una heladera o una cortadora de pasto. No hay que tomar la cuestión literalmente, hay cosas malas que son simplemente malas.

En el marketing hay una máxima parecida, tan conocida como cuestionable: no existe marketing negativo. Peor que la mala publicidad sería que no te conozca ni el loro. Confucio también mete bocado. Según él, mejor un diamante con errores que una piedra perfecta.

Un ratón joven propuso ponerle un cascabel al gato, para escucharlo venir. Un ratón más experimentado lo felicitó por un plan tan bueno, en teoría. Enseguida les preguntó, ¿quién se ofrece a poner el cascabel? Crear un plan perfecto es fácil, cómo se implementa es más importante. Encontrar algo bueno bonito y barato es igual de difícil que encontrar un unicornio, más fácil pegale un cuerno de papel maché a un burro.

Si peor es mejor, ¿mejor es peor? Según Voltaire, sí, más o menos: lo perfecto es enemigo de lo bueno, dice en su Diccionario Filosófico. Llegado un punto de usabilidad, seguir esforzándonos para mejorar una idea va a dar cada vez menos resultados, y enfocarnos en alcanzar algo perfecto solo nos va a impedir enforcarnos en implementar algo simplemente bueno. La matemática apoya el concepto con el Principio de Pareto. Si una inversión del veinte por ciento me da el ochenta por ciento de los resultados, ¿vale la pena seguir invirtiendo, sabiendo que cada vez el retorno será menor? A veces sí, pero poquitas. Arthur C. Clarke explica cómo mejor es peor en Superiority,un cuento que fue parte de la bibliografía de la cátedra de diseño industrial del Massachusetts Institute of Technology. La trama en una oración: perdimos la guerra porque nuestra tecnología era superior a la del enemigo.

La lección podría confundirse con el conformismo o la displicencia, pero ese es un tema para los conformistas y los displicentes. Para mí la advertencia es clarísima. Existe una falacia, según la cual se comparan los logros y las acciones efectivas con alternativas idealizadas e inexistentes. A veces, nos paralizamos al no encontrar esa solución perfecta, sin pensar que tal vez no es más que una utopía. La dicotomía entre la solución realizable y la solución ideal es falsa, porque en el plano concreto solo se manifiesta la realizable. Me indigna cuando se critica a los hacedores, comparándolos con lo hipotético perfecto. El mundo nos pertenece a los peores, y los de afuera son de palo.

La gente del bien

Detesto las listas. Ordenar da la falsa sensación de hacer. Decir da la falsa sensación de ser. Si las listas sirven para algo, es solo para eso, decir ordenadamente. A otro. Decirle algo a otro ordenadamente. Compartir. Son fundamentales las listas, ¿no?

¿Cómo es la gente del bien?

  • La gente del bien se quiere a sí misma, pero no cree que es el centro del universo.
  • La gente del bien valoriza la presencia, pero no se lamenta por la ausencia.
  • La gente del bien puede dudar de lo que sabe, pero está segura de lo que no sabe.
  • La gente del bien reconoce lo importante, pero no conoce la urgencia.